Hace unas semanas, observando a un grupo de gurises en el fondo del salón completamente absorbidos por una pantalla compartida, me acerqué sin hacer ruido. No estaban chateando ni scrolleando de forma autómata. Estaban manipulando la física de un simulador virtual en un entorno sandbox: modificaban variables de gravedad, cambiaban la densidad de la atmósfera y programaban comandos rudimentarios para que sus avatares pudieran sostener el vuelo sin caer en picada. Uno de ellos, con una sonrisa de oreja a oreja, exclamó: «¡Mirá, si le saco la fricción vuela como un dios!».
La escena me quedó resonando durante días. Hay una fascinación ancestral, casi fundacional en nuestra psique, por el acto de volar y su equiparación con lo divino. Desde Ícaro desafiando las advertencias paternas hasta los mitos prometeicos, despegarnos del barro ha sido el anhelo por excelencia. Pero cuando lo miramos a través de la lente del psicoanálisis y la pedagogía, esa fantasía adquiere un espesor mucho más terrenal y urgente.
El dios con prótesis y la trampa de la omnipotencia
En El malestar en la cultura, Freud arrojó una metáfora formidable: el ser humano, al extender sus capacidades biológicas mediante la técnica, se convierte en una suerte de «dios con prótesis». Cuando inventamos el avión, los telescopios o la red digital, cumplimos nuestros viejos ideales de omnipotencia y ubicuidad. Podemos volar, podemos ver a través de los océanos y acceder al saber del mundo en un parpadeo.
Sin embargo, Freud advertía de inmediato la contracara: esas prótesis no nos hacen necesariamente más plenos ni resuelven la incomodidad de nuestra propia finitud. En el ámbito educativo, solemos caer en una trampa parecida. Muchas veces el sistema tradicional proyecta sobre el docente la figura de un dios omnisciente: el portador de la verdad que mira desde arriba, califica desde el pedestal y exige que el estudiante replique exactamente lo que se le dicta.
Esa estructura jerárquica —unidireccional, burocrática, armada para la comodidad del control— no enseña a volar; simula un vuelo con cables invisibles sostenidos por la amenaza de la nota o la promesa de la zanahoria. ¿Y qué pasa cuando el estudiante sale de ese ecosistema artificial? La ilusión se disuelve, el cable se corta y sobreviene la parálisis.
De la gravedad burocrática a la potencia de Spinoza
Para que el acto de aprender adquiera un vuelo genuino, necesitamos operar un descentramiento radical, en el sentido en que Derrida pensaba la desarticulación de los centros fijos de poder y significado. Si el aula sigue anclada en la evaluación memorística y estandarizada, estamos atando adoquines a los pies de los estudiantes.
Aquí es donde Spinoza nos ofrece una brújula insustituible. Para el filósofo, la divinidad no es un monarca caprichoso suspendido en las nubes, sino la propia naturaleza en despliegue (Deus sive Natura), y la existencia se mide por nuestra capacidad de actuar y comprender. La alegría, en términos espinozianos, no es un mero entusiasmo pasajero: es el afecto que experimenta el cuerpo y la mente cuando aumenta su potencia de existir.
Llevado a nuestra práctica cotidiana, «volar» no consiste en alcanzar una perfección celestial inalcanzable, sino en conquistar la autonomía para pensar por cuenta propia. Cuando transformamos el aula en un laboratorio Edupunk —donde prima la cultura del Do It Yourself, el ensayo, el error sin penalización destructiva y el remix digital—, los estudiantes dejan de ser espectadores pasivos para convertirse en autores de su propio proceso.
- Evaluación auténtica frente a la rúbrica punitiva: Volar requiere calibrar el rumbo en tiempo real. En lugar de una prueba sorpresa al final del trimestre que solo constata el naufragio, construimos rúbricas compartidas, transparentes, donde el error es un dato constructivo y no una mancha en el expediente.
- Cultura participativa y creación de valor: Cuando los chiquilines producen un ensayo en video, editan un podcast argumentativo o debaten una obra literaria como lo haría una comunidad de BookTubers, están ejerciendo una agencia real sobre el conocimiento. Se apropian del lenguaje y de los medios.
- La motivación intrínseca como motor: La fascinación de alterar la física del juego para desafiar la gravedad no nace de una orden externa; surge del deseo puro de ver qué pasa si cruzamos el límite de lo dado. Ese es el verdadero combustible del intelecto.
Despegar sin perder el suelo
El anhelo de volar y la evocación de lo divino no tienen por qué alimentar delirios de omnipotencia tecno-utópica ni pedagogías abstractas despegadas de la realidad. Al contrario: deben recordarnos que educar es, en esencia, un acto de emancipación.
Nuestra tarea no es construir jaulas doradas con pizarras digitales ni actuar como intermediarios celestiales del saber. Se trata de ofrecer las herramientas, el andamiaje afectivo y la confianza intelectual para que cada estudiante ensaye sus propias alas, descubra su potencia de actuar y experimente, en el barro del aula y en el tejido de la cultura contemporánea, la alegría profunda de quien se sabe capaz de elevarse por sus propios medios.

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