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Hace unas semanas le pregunté a un grupo de gurises de bachillerato cuál sentían que había sido su mejor producción en lo que iba del año. Ninguno, absolutamente ninguno, mencionó un escrito tradicional o una prueba sorpresa. Nadie se enorgullece de haber sobrevivido a un cuestionario múltiple opción. Me hablaron, en cambio, de un podcast que grabaron a las tres de la mañana, de un videoensayo donde comparaban el dilema moral de una novela clásica con el lore de un videojuego, y de un proyecto de investigación que los obligó a pelearse, frustrarse y, finalmente, acordar.
Esa respuesta encierra la tragedia y la esperanza de nuestro sistema educativo.
Operamos a diario bajo la ilusión burocrática de que el aprendizaje es un proceso lineal, un simple input-output donde el docente deposita información y el alumno la devuelve intacta en una hoja de papel. El sistema tradicional insiste en trancar la vitalidad del aula utilizando la calificación como zanahoria o garrote. Es un dispositivo de adiestramiento diseñado casi exclusivamente para la comodidad del adulto y el control disciplinario. Si leemos a Freud rescatando su lógica sutil, alejándonos de la vulgata comercial, entendemos que el aparato psíquico tiene sus propios ritmos. El pensamiento propio requiere un tiempo de latencia. Exigir atención inmediata mediante el imperativo (“¡interésense!”, “¡lean para mañana!”) es inútil, porque el deseo, sencillamente, no responde a órdenes.
¿Cómo alojamos entonces esa pulsión adolescente frente a un mundo que muchas veces perciben hostil y ajeno? La respuesta no es el caos ni el dejar hacer absoluto, sino la construcción de un andamiaje simbólico. Aquí es donde la evaluación auténtica, tal como la plantea Pedro Ravela, nos tira un salvavidas indispensable.
Necesitamos que las tareas tengan un destinatario real. Si el único que lee un trabajo es el profesor para ponerle un número en rojo y archivarlo, el acto educativo se reduce a un simulacro. En cambio, cuando construimos rúbricas descriptivas consensuadas, cambiamos las reglas del juego. La rúbrica se vuelve pública y actúa como “la Ley” que contiene la angustia. Ya no juzgamos el ego, la personalidad o la “actitud” del pibe; evaluamos la producción concreta. Al separar el ser del hacer, la arbitrariedad docente queda neutralizada y el miedo al error desaparece. Equivocarse deja de ser una mancha en el expediente para transformarse en la herramienta principal del aprendizaje.
Al proporcionar este marco seguro, habilitamos a los estudiantes a desplegar las competencias que ya dominan en la Web 2.0 y 3.0. Dejan de ser consumidores pasivos para asumir un rol activo, abrazando la filosofía Edupunk: hazlo tú mismo. Un adolescente de 16 años que edita videos, gestiona comunidades en Discord o consume horas de BookTubers, tiene un mindset de creador. Si le pedimos que apague todos esos motores para sentarse en silencio y copiar del pizarrón, estamos cometiendo un acto de miopía pedagógica tremendo. Debemos permitirles remixar contenidos, apropiarse de la cultura y socializar el conocimiento con la misma naturalidad orgánica con la que debaten el último capítulo de una serie en tendencia.
Para que esta alquimia suceda, los adultos tenemos que hacer un trabajo interno profundo. Se requiere un descentramiento, tomando prestado el concepto de Jacques Derrida. El docente debe bajarse del pedestal, renunciar a la fantasía de ser la deidad omnisciente del aula y correrse del centro del escenario para no estorbar.
Cuando logramos dar ese paso al costado, ocurre algo vital. Y no me refiero a una revelación mística, sino a lo que Spinoza definía con precisión quirúrgica como alegría: el aumento real y palpable de nuestra potencia de actuar. Un estudiante que investiga por su cuenta, que edita, que recibe feedback genuino y argumenta frente a sus pares, experimenta esa alegría spinoziana. Descubre que tiene agencia, que su voz tiene peso y que el conocimiento no es un ladrillo que le tiran por la cabeza, sino una herramienta para hackear su propia realidad.
Educar es acompañar a otros a construir esa potencia. Y cuando logramos ser testigos de ese chispazo en medio del ruido del aula, sabemos que estamos exactamente donde tenemos que estar.

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