El modo Dios, el poder de volar y la gravedad del aula

Ayer, charlando con un alumno de cuarto año antes de que tocara el timbre, me soltó una de esas frases que te dejan recalculando. Estábamos hablando de la dinámica de los videojuegos en línea y me dijo, con la mayor naturalidad del mundo: “Profe, en el server que armé con mis amigos, si meto un comando activo el modo Dios y puedo volar, pero acá en el liceo no puedo ni elegir con quién sentarme”.

Brillante. Ahí estaba, encapsulada en una queja adolescente al pasar, toda la tragedia de nuestra arquitectura escolar.

Los adultos solemos horrorizarnos ante la idea de que los jóvenes pasen horas inmersos en la Web 3.0, en Discord, o construyendo mundos digitales. Pero si lo miramos con lentes un poco más finos, lo que están haciendo ahí es ejercer su autonomía. En el entorno digital, ellos remixan, editan, gestionan comunidades y, sí, a veces configuran las reglas del universo para poder volar. Son sujetos activos, creadores, BookTubers que socializan el conocimiento con la misma pasión y naturalidad con la que debaten el último capítulo de una serie de Netflix.

Y sin embargo, cuando cruzan la puerta del salón, les pedimos que apaguen los motores. Los sentamos en filas, les pedimos silencio y les recordamos quién tiene verdaderamente el “modo Dios” en ese espacio: nosotros.

El sistema educativo tradicional está montado sobre una teología no declarada. El docente asume el rol de una deidad omnisciente que imparte el saber desde el Olimpo del escritorio, y la evaluación tradicional opera como nuestro pequeño Juicio Final. Usamos la calificación como el rayo de Zeus, una zanahoria (o un garrote, dependiendo del día) diseñada casi exclusivamente para la comodidad del profesor y el control disciplinario, muy lejos del aprendizaje real. Es un sistema que, en su afán de controlarlo todo, se dedica a trancar el desarrollo de los pibes.

Si leemos a Freud, rescatando su lógica sutil y alejándonos de la vulgata comercial que lo reduce a clichés, sabemos que la fantasía de omnipotencia es constitutiva del ser humano. En la adolescencia, esa pulsión busca nuevos cauces para lidiar con un mundo adulto que a menudo se percibe hostil, incomprensible y burocrático. Negarles esa agencia, ese deseo de expansión vital, es un error garrafal. Pretender que un adolescente de 16 años, que tiene el mundo entero a un clic de distancia y la capacidad de crear realidades virtuales, se quede pasivo copiando del pizarrón es de una miopía pedagógica asombrosa.

Aquí es donde la filosofía nos tira un salvavidas indispensable. Necesitamos urgentemente un descentramiento, para tomar prestado el concepto de Jacques Derrida. El docente tiene que correrse del centro del escenario. No podemos seguir monopolizando la palabra, el conocimiento y el poder. Si queremos que haya un encuentro genuino con el saber, tenemos que renunciar a nuestra fantasía de ser los dioses del aula.

¿Cómo se hace esto sin que el salón se convierta en un caos? Adoptando una postura Edupunk: hazlo tú mismo. Fomentando el aprendizaje por ensayo y error, entendiendo que equivocarse es el único camino honesto para aprender. En lugar de un examen sorpresa que castiga el equívoco y fomenta la obediencia, necesitamos una evaluación auténtica. Esto implica, por ejemplo, sentarnos con ellos a construir rúbricas descriptivas consensuadas. Cuando el estudiante sabe exactamente qué se espera de su trabajo y participa en la creación de esas reglas, el escenario cambia por completo. La motivación intrínseca despierta. Ya no estudia para sobrevivir a la ira divina del profesor, sino porque encuentra sentido y desafío en lo que hace.

Spinoza nos enseñó, con una lucidez que todavía hoy nos interpela, que la alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, sino el aumento de nuestra potencia de actuar. Cuando un estudiante logra resolver un problema por sí mismo, cuando investiga, cuando edita un video para explicar un concepto complejo a sus pares o cuando debate con argumentos que él mismo forjó, su potencia de actuar crece. Experimenta esa alegría spinoziana. Siente, en términos eminentemente prácticos, el poder de volar.

Salgamos de la caja. Dejemos de jugar a ser deidades castigadoras armadas con una lapicera roja. Devolvamos la agencia a los estudiantes, corrámonos del centro y acompañémoslos a construir sus propias alas.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Share with