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  • El arte de perder el control: deseo, pantallas y el temblor de aprender

    El arte de perder el control: deseo, pantallas y el temblor de aprender

    El lunes pasado encontré a una alumna de cuarto de liceo llorando en un rincón del patio, con una fotocopia arrugada entre los dedos. Había sacado una baja nota en una prueba estandarizada de literatura. Lo desgarrador no era el número en rojo, sino la frase que me dijo cuando me senté al lado: “Profe, no sirvo para pensar”. En cuatro palabras, esa gurisa resumía la tragedia cotidiana de nuestro sistema educativo: haber confundido la capacidad de pensar con la obediencia mecánica a un molde burocrático.

    La evaluación tradicional es un dispositivo perverso. Funciona bajo la lógica del adiestramiento: utiliza la calificación como una zanahoria para premiar la docilidad o como un garrote para castigar la disidencia, todo diseñado para la absoluta comodidad del docente y la tranquilidad de las planillas de adscripción. Le pedimos a un adolescente que devore un texto en 48 horas, que anule su propia subjetividad y que devuelva en una hoja cuadriculada exactamente lo que el profesor quiere leer.

    Cuando el pibe no encaja en esa horma, el sistema no revisa sus métodos; diagnostica un déficit.

    Desde el psicoanálisis sabemos que ningún deseo se despierta bajo la amenaza de la sanción. Freud lo entendió con una lucidez implacable: el aparato psíquico no es una máquina de computar datos, sino un territorio atravesado por el conflicto, la resistencia y, sobre todo, la latencia. Una idea verdaderamente transformadora no entra de forma limpia y directa; necesita hundirse en la sombra, dialogar con nuestras heridas, chocar contra nuestros fantasmas y reposar en silencio antes de emerger convertida en pensamiento propio. Forzar el aprendizaje mediante el terror a la mala nota es trancar ese proceso, obturando la posibilidad de que el saber toque el cuerpo.


    Para rescatar a los chiquilines de esa parálisis, tenemos que animarnos al descentramiento que nos enseñó Jacques Derrida. Dejar de atacar el objeto de estudio por el centro solemne del manual y entrarle por los costados, por las fisuras. Ahí es donde la cultura digital de los jóvenes y la filosofía Edupunk se vuelven nuestras mejores aliadas.

    En lugar de exigir un comentario de texto idéntico a mil anteriores, invitemos a los estudiantes a habitar la lógica del remix: que tomen una novela, la desmonten, la crucen con música, con estética de cine o con el lenguaje vertiginoso de internet. Se trata de pasar de la pasividad del consumidor a la potencia del creador. Cuando un pibe se sienta frente a un editor de video para armar una reseña al estilo BookTuber, no está esquivando el rigor; está poniendo el cuerpo, la voz y su propia mirada al servicio de una idea. Y no lo hace solo: los adolescentes no leen ni miran series en soledad, habitan comunidades virtuales donde debaten, discuten teorías y recomiendan contenido con una pasión arrolladora. Llevar esa dinámica al aula convierte la tarea en algo vivo.

    Ahora bien, romper el molde no significa entregarse al caos. Para que la transgresión pedagógica sea fértil y no un simulacro posmoderno, necesitamos la Ley. Y en el aula, como bien investigó Pedro Ravela, la Ley es la evaluación auténtica. Una rúbrica descriptiva y consensuada no es un trámite administrativo: es el andamiaje simbólico que contiene la angustia.

    Cuando el estudiante conoce de antemano las reglas de juego, cuando sabe que la rúbrica evalúa el producto y no su identidad, y cuando la consigna tiene un destinatario real más allá del escritorio del profesor, el miedo al error desaparece. El error deja de ser un pecado para convertirse en la herramienta más noble del aprendizaje: el ensayo.

    Educar no es llenar un recipiente vacío ni vigilar que nadie se salga del renglón. Educar es sostener la estructura con firmeza ética para que el otro pueda tener el coraje de inventarse a sí mismo. Cuando logramos correr la mirada vigilante y habilitamos el tiempo de la latencia, el aula se ilumina con esa alegría que Spinoza definía como el paso a una mayor perfección: la certeza íntima de que nuestra potencia de existir se ha expandido. Y en ese instante exacto, cuando un gurí descubre que su voz vale y que pensar es una aventura propia, la burocracia pierde la batalla para siempre.

    Quizás entonces aquella gurisa del patio, con su fotocopia arrugada, deje de creer que no sirve para pensar.

  • El Tribunal Interior de Isaac Bashevis Singer

    El Tribunal Interior de Isaac Bashevis Singer

    Toda la obra de Isaac Bashevis Singer puede comprenderse a partir de una imagen fundacional: un niño espiando por el ojo de la cerradura de la cocina mientras su padre, un rabino jasídico, preside un tribunal rabínico (Bet Din). Esa escena, que el propio Singer inmortalizó en su serie de relatos En el tribunal de mi padre, no es una simple anécdota biográfica; es la matriz de su universo literario. Su escritura entera es un vasto tribunal simbólico donde desfilan las pulsiones más elementales —el deseo, la fe, la duda, la transgresión—, todas juzgadas bajo la mirada de un Dios con quien Singer mantiene una disputa tan íntima como teológicamente escandalosa.

    Las múltiples facetas que se le atribuyen —el folclorista, el creyente herético, el cronista de la pasión carnal— no son máscaras sucesivas, sino las voces de un mismo conflicto interior, originado en la tensión irreconciliable de su propio hogar: un padre inmerso en el misticismo del shtetl polaco y una madre de estricta estirpe racionalista. Desde una perspectiva psicoanalítica, esta dualidad es el motor de su obra, el choque entre el principio de realidad y un mundo poblado por las fuerzas del inconsciente.

    El Singer folclorista es el arqueólogo de un mundo espectral. Sus primeros trabajos, como Satán en Goray, están habitados por dybbuks, demonios, brujas y almas en pena. Lejos de ser un mero recurso del realismo mágico, estos seres son la encarnación de lo reprimido de la cultura judía askenazí. Son el retorno, en forma de síntoma colectivo, de los miedos, las supersticiones y las pulsiones que la modernidad ilustrada intentaba sofocar. Singer no los invoca con nostalgia, sino con la precisión de un sismógrafo que registra los temblores del alma de una civilización. Su pluma da voz al inconsciente de un pueblo, a ese sustrato místico que, como bien estudió Gershom Scholem, bullía bajo la superficie de la ortodoxia.

    De ese mismo sustrato emerge el ortodoxo heterodoxo, una figura que conoce a la perfección el andamiaje de las mitzvot (preceptos) solo para poder cuestionarlas desde sus cimientos. Su célebre vegetarianismo no era una simple elección dietética, sino un acto de insumisión teológica. La pregunta que atormenta a sus personajes —y a él mismo— es profundamente freudiana: ¿qué clase de Padre (Dios) diseña un mundo donde la supervivencia exige la crueldad y el sometimiento del más débil? Este reproche a la divinidad es una rebelión contra el Superyó, contra la Ley paterna que se revela injusta y arbitraria.

    Singer no es un ateo; su conflicto es más agudo, pues se pelea con un Dios en cuya existencia cree, pero cuya moralidad repudia.

    Y está el Singer mujeriego, o más bien, el cartógrafo de la neurosis erótica. La famosa fórmula que uno de sus personajes le recomienda a un joven escritor —«lo que las masas quieren es sexo, Torá y revolución»— es el diagnóstico más lúcido de su propia obra.

    El sexo es la pulsión de vida (Eros) en su estado más crudo, una fuerza que desborda constantemente los diques de la moral comunitaria; sus personajes se autoboicotean, abandonan la estabilidad por un impulso irrefrenable, escenificando una y otra vez la compulsión a la repetición que Freud identificó como uno de los motores de la psique. La Torá es la Ley, el orden simbólico, la estructura del Superyó que intenta —y casi siempre fracasa— contener el caos pulsional. Y la revolución es la pulsión de muerte (Tánatos), el deseo de aniquilar el orden existente, ya sea a través de las grandes utopías políticas del siglo XX (el marxismo) o de la transgresión personal.

    Quizás donde todas estas facetas convergen de manera más subversiva es en su cuento Yentl, el chico de la yeshivá. La historia de la joven que se traviste para poder estudiar Torá fue un escándalo en su momento, pero hoy podemos leerla como un manifiesto pedagógico. Yentl es una figura eminentemente edupunk: alguien que hackea el sistema educativo, que subvierte las normas de género y las estructuras de poder para forjar su propio camino de aprendizaje. Su transgresión no es solo sexual, sino epistemológica. Desafía una pedagogía que la excluye y, al hacerlo, revela la arbitrariedad de sus fundamentos.

    La decisión final de Singer, la de escribir en yiddish hasta el último de sus días, es el acto de máxima coherencia con su tribunal interior. Eligió una lengua «languideciente si no muerta», una lengua de fantasmas. Fue su manera de mantener abierto el tribunal para aquellos que ya no podían hablar: las víctimas de la Shoá, los habitantes de los shtetls borrados del mapa, las tradiciones reprimidas por la modernidad.

    Su discurso del Premio Nobel no fue un lamento, sino la sentencia final de su propio juicio: dar testimonio, incluso desde el borde del silencio, es la única forma de justicia que la literatura puede ofrecer.

  • El Diván Asfaltado: Cuando la Metrópoli Enmudece

    El Diván Asfaltado: Cuando la Metrópoli Enmudece

    La ciudad contemporánea es, en su esencia, una promesa de conexión perpetua. Un tejido ininterrumpido de estímulos —cláxones, notificaciones de teléfonos móviles, conversaciones superpuestas, el murmullo eléctrico de las pantallas— que nos envuelve desde el amanecer hasta mucho después del ocaso. Hemos diseñado un ecosistema que aborrece el vacío, una arquitectura de la saturación donde el silencio no es simplemente una ausencia, sino una anomalía, casi una forma de resistencia. Pero, ¿qué ocurre en nuestra psique cuando ese ruido ambiental, tan funcional en apariencia, se convierte en una barrera defensiva contra nosotros mismos?

    Desde una perspectiva psicoanalítica, el estruendo urbano funciona como una formidable barrera de estímulos, un concepto que Freud apenas pudo imaginar en la Viena de principios del siglo XX pero que hoy define nuestra existencia. Este bombardeo sensorial constante no es neutral; cumple una función psíquica muy específica: nos protege de la angustia de la introspección. El ruido exterior opera como un eficaz mecanismo de represión ambiental, un aliado del Yo en su tarea de mantener a raya las mociones pulsionales y los pensamientos incómodos que emergen desde el inconsciente. Es más fácil atender al scroll infinito de una red social o al estrépito del tráfico que enfrentarse a la pregunta por el propio deseo, a la ansiedad latente o al eco de un trauma no elaborado. La metrópoli, en este sentido, se ofrece como el más sofisticado de los ansiolíticos: nos mantiene perpetuamente distraídos de nuestra propia interioridad.

    El silencio, por tanto, deja de ser ese estado bucólico de paz para convertirse en el espacio donde «lo reprimido retorna». Los breves instantes de quietud —un viaje en metro a altas horas de la noche, el amanecer solitario en un parque, la atmósfera suspendida de una biblioteca— se transforman en una suerte de diván improvisado sobre el asfalto. Es en esos intersticios donde la maquinaria defensiva se fisura y el pensamiento, libre de la tiranía del estímulo, puede por fin escucharse a sí mismo. Y lo que emerge no siempre es agradable. A menudo es la ansiedad, la duda, la melancolía. Pero es, fundamentalmente, el material bruto con el que se construye un pensamiento auténtico.

    Aquí encuentro una resonancia inesperada y potente con la mística judía, específicamente con el concepto cabalístico de Tzimtzum (צמצום). Según esta tradición, para que la Creación fuera posible, la infinitud de Dios tuvo que «contraerse» sobre sí misma, generando un espacio vacío primordial donde el mundo pudiera existir. El silencio, entonces, no es la nada, sino la condición de posibilidad de todo lo que es. Trasladando esta metáfora a la cognición, para que una idea genuina pueda nacer, necesitamos un Tzimtzum psíquico: una contracción deliberada del ruido. Debemos ser capaces de generar activamente esos vacíos, esos hiatos en el flujo incesante de información, para que el pensamiento no se limite a reaccionar, sino que pueda empezar a crear.

    Este desafío se vuelve particularmente agudo en el campo de la pedagogía. ¿Cómo podemos formar a las nuevas generaciones de knowmads —trabajadores del conocimiento, nómadas y creativos— en un entorno que penaliza la reflexión profunda? La capacidad para el deep work, ese estado de concentración sin distracciones que permite producir resultados de alta calidad, depende directamente de nuestra habilidad para gestionar el silencio. Educar hoy no puede limitarse a transmitir contenidos; debe incluir, de manera prioritaria, la enseñanza de estrategias para «curar» el propio entorno sensorial. Se trata de una nueva forma de literacidad: aprender a construir y defender espacios —mentales y físicos— de silencio, no como una huida del mundo, sino como un prerrequisito para habitarlo de una forma más significativa y productiva.

    La búsqueda del silencio en la ciudad no es, en definitiva, un anhelo nostálgico por un pasado preindustrial. Es un acto político y psicológico de una radicalidad absoluta. Es la reivindicación del tiempo lento frente a la aceleración, de la profundidad frente a la superficie y, sobre todo, de la escucha interior frente al ruido ensordecedor de un mundo que nos exige estar siempre conectados, pero que rara vez nos permite conectar con nosotros mismos.

  • La confesión del proyectorista: Cuando Orwell produce un bostezo y la culpa nos interroga

    La confesión del proyectorista: Cuando Orwell produce un bostezo y la culpa nos interroga

    Debo admitirlo sin ambages, pues la honestidad intelectual nos obliga a registrar tanto las epifanías como los naufragios. Tras un nuevo visionado de la adaptación cinematográfica de 1984 de 1955, mi veredicto, garabateado en los márgenes de mi cuaderno, sigue siendo el mismo: un bodrio. Pero es la apostilla que le sigue la que me genera una genuina inquietud.

    O quizás, y esto es más perturbador, no la entendí.

    El acto final, por supuesto, fue un liberador roll the credits mucho antes de que la cinta lo dictaminara.

    Esta confesión personal, este cortocircuito entre el deber ser del analista cultural y la fatiga del espectador, nos abre una puerta privilegiada para una autopsia del fenómeno. Desde la perspectiva psicoanalítica, el problema de esta película no es su vejez técnica, sino su profunda asepsia emocional. La novela de Orwell es un dispositivo diseñado para inocular el trauma; nos hace experimentar la disolución del yo, la tortura del lenguaje y la aniquilación del deseo. La cinta de Michael Anderson, en cambio, nos ofrece una taxidermia del totalitarismo: la bestia está ahí, perfectamente montada en su vitrina, pero está muerta, carente de la capacidad de generar una verdadera resonancia afectiva.

    Frente a este espectáculo inofensivo, el aparato psíquico se defiende. El aburrimiento no es otra cosa que un estado de latencia forzosa, una negativa del inconsciente a invertir energía libidinal en un objeto que no le provoca ni angustia ni placer.

    Es en este punto donde mi propia duda —la posibilidad de no haberla entendido— se vuelve un síntoma fascinante. No es la duda del neófito, sino la del hermeneuta que descubre una grieta en el monolito. Esta vacilación es análoga a la práctica midráshica de la tradición judía, que no teme interrogar las aparentes contradicciones del texto sagrado para extraer de ellas un nuevo sentido. Al no sentir lo que el canon prescribe que debería sentir, me veo arrojado a una profunda disonancia cognitiva. La pregunta que emerge de esa fractura es radical: ¿y si el fracaso no está en mi butaca, sino en el proyector? ¿Y si la obra, simplemente, ya no transmite?

    Esta interrogación dinamita los cimientos de una pedagogía basada en la reverencia y nos obliga a diseñar una didáctica de la interrupción. En lugar de castigar la desconexión del estudiante, debemos celebrarla como el umbral hacia un aprendizaje más auténtico. El aula debe transformarse en un laboratorio donde se analice precisamente esa fricción. Para ello, necesitamos reconocer las competencias del nuevo intérprete anfibio, ese joven capaz de respirar con la misma naturalidad en la cultura letrada y en el ecosistema hipertextual de la red.

    Con él, en vez de imponer una lectura, se investiga colectivamente el fósil. ¿Por qué se produjo así esta película? ¿Qué miedos de la Guerra Fría la moldearon hasta desactivar su veneno psicológico? La obra se analiza no como un texto sagrado, sino como una ruina que nos habla de una civilización pasada. Y desde esa arqueología del artefacto el foco gira, casi sin querer, hacia nuestra propia mirada. ¿Qué ha cambiado en nuestra sensibilidad para que el terror de ayer nos parezca hoy un melodrama acartonado? Compararla con narrativas contemporáneas —desde series como Black Mirror hasta videojuegos distópicos— permite entender la evolución de los lenguajes del miedo.

    Queda entonces la soberanía del interruptor, que legitima el acto de apagar la pantalla no como un gesto de pereza, sino como una declaración de autonomía crítica. El objetivo no es consumir pasivamente el canon, sino desarrollar un criterio para decidir qué obras merecen nuestro recurso más valioso: el tiempo y la atención.

    Así, mi confesión inicial deja de ser el epitafio de una experiencia fallida para convertirse en el prólogo de una indagación mucho más rica. El verdadero acto de comprensión no radica en forzar una epifanía que no llega, sino en tener el coraje de analizar las razones de su ausencia.

    A veces, la lección más profunda no está en la película, sino en el gesto de apagarla.

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