Otra vez la misma frase rebotando en el ecosistema del aula, esta vez frente a un documento de Google Docs que titilaba vacío en la pantalla de una computadora. Un alumno de quinto año, frustrado por no poder arrancar un ensayo, me miró y me dijo: “Profe, la posta es que no se me ocurre nada original. Todo ya está inventado. Por eso me gusta más Salieri que Mozart. Este es el porqué: Salieri sabía agarrar lo que ya existía y hacerlo funcionar”.
Esa declaración es una bomba de profundidad contra uno de los mitos más paralizantes que la escuela tradicional insiste en sostener: el fetiche de la originalidad absoluta.
Durante siglos, hemos construido una pedagogía basada en el fantasma de Mozart. Le exigimos a los pibes que se sienten frente a la hoja en blanco y, por arte de magia, produzcan una idea inédita, brillante y sin fisuras. Operamos bajo la fantasía de que el conocimiento es una revelación divina que brota de la nada. ¿El resultado? Gurises paralizados por la angustia, aterrorizados de no estar a la altura del genio esperado, que terminan recurriendo al plagio o a la apatía porque sienten que su voz no tiene valor si no es “única”. El mandato de ser Mozart, paradójicamente, se dedica a trancar el aprendizaje.
Pero si miramos con atención cómo los jóvenes habitan la Web 3.0, descubrimos que su lógica es eminentemente salieriana. En la cultura digital contemporánea, la figura del creador solitario que inventa desde cero está muerta. Hoy, el rey es el DJ, el curador, el que domina el arte del remix. Cuando un adolescente toma un audio viral de TikTok y lo resignifica con un video propio, o cuando un BookTuber entrelaza la trama de un libro de fantasía con su propia biografía, no están creando desde la nada. Están operando como Salieri: tomando las notas que ya flotan en el ambiente, entendiendo el affordance de la plataforma y reordenando las piezas para generar un sentido nuevo.
Jacques Derrida nos regaló una herramienta teórica brutal para entender esto: la idea de que no existe un origen puro. Todo texto es un tejido de citas, un eco de otros textos. Exigirle a un estudiante de 16 años que sea el origen absoluto de una idea es una crueldad burocrática. Necesitamos un descentramiento urgente de nuestras expectativas.
Si rescatamos a Freud de la lectura superficial, entendemos que el Ideal del Yo —esa imagen perfecta e inalcanzable de lo que deberíamos ser— puede volverse un tirano aplastante. El “Mozart” que la escuela exige es ese tirano. Salieri, en cambio, representa la aceptación de nuestra propia falta. Es el reconocimiento de que somos sujetos construidos por otros, y que nuestra única agencia real radica en cómo combinamos esas influencias.
¿Cómo transformamos esta epifanía en una práctica de aula concreta? Abrazando la filosofía Edupunk y rediseñando nuestras herramientas. Tenemos que abandonar la evaluación tradicional que castiga la copia y premia la memoria, para pasar a una evaluación auténtica que valore la curaduría. Sentémonos con ellos a armar rúbricas descriptivas consensuadas donde el objetivo no sea “inventar la pólvora”, sino demostrar cómo lograron conectar un concepto de historia con un meme, una película o un debate de Twitter. Cuando el pibe entiende que su trabajo es ser un buen DJ del conocimiento y no un genio atormentado, el engagement se dispara. La motivación intrínseca florece porque la tarea se vuelve posible, lúdica y real.
Spinoza nos enseñó que la alegría es el motor de la vida, el aumento de nuestra potencia de actuar. La angustia de la página en blanco es la tristeza máxima, la impotencia absoluta. Pero cuando le damos a un estudiante el permiso para remixar el mundo, para ensuciarse las manos con las ideas de otros y armar su propio Frankenstein conceptual, su potencia estalla.
Salgamos de la caja. Dejemos de esperar que baje la musa inspiradora. Démosle la bienvenida al Salieri curador, al pibe que sabe que la magia no está en inventar las notas, sino en tener la audacia de mezclarlas de nuevo.
El DJ Salieri, la angustia de la página en blanco y el elogio del remix

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