Tag: Totalitarismo

  • BPM contra el toque de queda: La pulsión del cuerpo clandestino frente al terror de Estado

    BPM contra el toque de queda: La pulsión del cuerpo clandestino frente al terror de Estado

    El silencio impuesto por el terror de Estado durante las dictaduras cívico-militares del Cono Sur no era, bajo ningún concepto, una simple ausencia de ruido. Se trataba de un proyecto sistemático de disciplinamiento biopolítico —una maquinaria orientada a congelar el tiempo, aislar a los sujetos y castigar cualquier manifestación del deseo—. En términos freudianos, asistíamos a la imposición absoluta de Thanatos: la pulsión de muerte operando desde el aparato estatal para desarticular el lazo social y reprimir el encuentro orgánico. Frente a este escenario de asfixia, la pregunta que emerge en el aula contemporánea es compleja: ¿cómo logramos que las nuevas generaciones dimensionen el peso de esa opresión sin caer en la mera repetición de fechas y efemérides vacías?

    La respuesta, paradójicamente, no se encuentra en los manuales de historia tradicional, sino en la pista de baile.

    Cuando intentamos construir un andamiaje pedagógico para que los adolescentes de hoy —nuestros knowmads hiperconectados— comprendan la magnitud del autoritarismo, el recurso más potente es apelar a su propia territorialidad: el cuerpo y la noche. En mis clases, suelo proponer un ejercicio de colisión histórica utilizando la cultura rave y la fiesta techno como el reverso exacto de la dictadura. Si el régimen militar representaba el triunfo del control panóptico y la inmovilidad, la fiesta underground encarna el retorno de lo reprimido, el triunfo del cuerpo libre que se niega a ser dócil.

    I

    El Estado dictatorial imponía el toque de queda, el encierro nocturno como mecanismo de terror —donde el simple acto de estar juntos en la calle era tipificado como delito—. La pista de baile techno, en cambio, exige la congregación masiva y reclama el derecho a la catarsis. El ritmo repetitivo, los altos BPM (pulsaciones por minuto) y la oscuridad compartida funcionan como un espacio de resistencia donde el individuo se funde en una comunidad efímera pero vital.

    II

    Durante los años de plomo, la música no autorizada circulaba en casetes regrabados que pasaban de mano en mano, una red clandestina que esquivaba la mirada del censor. Hoy, al contrastar esa precariedad analógica con la inmediatez de plataformas como Spotify, los jóvenes logran dimensionar el valor político de escuchar lo prohibido.

    La música, entonces, deja de ser mero entretenimiento para revelarse como un vehículo de supervivencia psíquica.

    III

    El régimen buscaba cuerpos vigilados: rígidos, uniformados y temerosos. Por el contrario, la danza electrónica —con su herencia tribal y su cadencia hipnótica— es pura manifestación de Eros. Es el cuerpo reclamando su soberanía, sudando el trauma y exorcizando el miedo a través del movimiento ininterrumpido.

    IV

    Abordar este cruce desde una filosofía edupunk implica desarmar la verticalidad del conocimiento. No me paro frente a la pizarra a dictar los horrores del pasado; invito a los alumnos a investigar cómo se vivía la juventud, la música y la noche en los años setenta y ochenta. Les pido que rastreen testimonios, que busquen aquellas canciones que fueron silenciadas y que construyan ensayos visuales o podcasts donde el pasado dialogue con sus propias experiencias de fin de semana.

    El resultado de este enfoque es profundamente movilizador. Al comprender que hubo una época donde organizar una fiesta a puertas cerradas o escuchar un disco importado podía costar la libertad —o la vida—, los adolescentes logran conectar la historia con su propia piel. Entienden que el autoritarismo no es una abstracción jurídica, sino una fuerza castradora que intentó aniquilar la alegría.

    La memoria histórica, cuando se aborda desde la empatía y la literacidad crítica, nos enseña que la resistencia no siempre se gestó en los grandes discursos políticos. A veces, la trinchera más inexpugnable frente a la barbarie fue un sótano oscuro, un par de altavoces saturados y un grupo de jóvenes empeñados en mantener vivo el latido de la humanidad al ritmo de un sintetizador.

  • La confesión del proyectorista: Cuando Orwell produce un bostezo y la culpa nos interroga

    La confesión del proyectorista: Cuando Orwell produce un bostezo y la culpa nos interroga

    Debo admitirlo sin ambages, pues la honestidad intelectual nos obliga a registrar tanto las epifanías como los naufragios. Tras un nuevo visionado de la adaptación cinematográfica de 1984 de 1955, mi veredicto, garabateado en los márgenes de mi cuaderno, sigue siendo el mismo: un bodrio. Pero es la apostilla que le sigue la que me genera una genuina inquietud.

    O quizás, y esto es más perturbador, no la entendí.

    El acto final, por supuesto, fue un liberador roll the credits mucho antes de que la cinta lo dictaminara.

    Esta confesión personal, este cortocircuito entre el deber ser del analista cultural y la fatiga del espectador, nos abre una puerta privilegiada para una autopsia del fenómeno. Desde la perspectiva psicoanalítica, el problema de esta película no es su vejez técnica, sino su profunda asepsia emocional. La novela de Orwell es un dispositivo diseñado para inocular el trauma; nos hace experimentar la disolución del yo, la tortura del lenguaje y la aniquilación del deseo. La cinta de Michael Anderson, en cambio, nos ofrece una taxidermia del totalitarismo: la bestia está ahí, perfectamente montada en su vitrina, pero está muerta, carente de la capacidad de generar una verdadera resonancia afectiva.

    Frente a este espectáculo inofensivo, el aparato psíquico se defiende. El aburrimiento no es otra cosa que un estado de latencia forzosa, una negativa del inconsciente a invertir energía libidinal en un objeto que no le provoca ni angustia ni placer.

    Es en este punto donde mi propia duda —la posibilidad de no haberla entendido— se vuelve un síntoma fascinante. No es la duda del neófito, sino la del hermeneuta que descubre una grieta en el monolito. Esta vacilación es análoga a la práctica midráshica de la tradición judía, que no teme interrogar las aparentes contradicciones del texto sagrado para extraer de ellas un nuevo sentido. Al no sentir lo que el canon prescribe que debería sentir, me veo arrojado a una profunda disonancia cognitiva. La pregunta que emerge de esa fractura es radical: ¿y si el fracaso no está en mi butaca, sino en el proyector? ¿Y si la obra, simplemente, ya no transmite?

    Esta interrogación dinamita los cimientos de una pedagogía basada en la reverencia y nos obliga a diseñar una didáctica de la interrupción. En lugar de castigar la desconexión del estudiante, debemos celebrarla como el umbral hacia un aprendizaje más auténtico. El aula debe transformarse en un laboratorio donde se analice precisamente esa fricción. Para ello, necesitamos reconocer las competencias del nuevo intérprete anfibio, ese joven capaz de respirar con la misma naturalidad en la cultura letrada y en el ecosistema hipertextual de la red.

    Con él, en vez de imponer una lectura, se investiga colectivamente el fósil. ¿Por qué se produjo así esta película? ¿Qué miedos de la Guerra Fría la moldearon hasta desactivar su veneno psicológico? La obra se analiza no como un texto sagrado, sino como una ruina que nos habla de una civilización pasada. Y desde esa arqueología del artefacto el foco gira, casi sin querer, hacia nuestra propia mirada. ¿Qué ha cambiado en nuestra sensibilidad para que el terror de ayer nos parezca hoy un melodrama acartonado? Compararla con narrativas contemporáneas —desde series como Black Mirror hasta videojuegos distópicos— permite entender la evolución de los lenguajes del miedo.

    Queda entonces la soberanía del interruptor, que legitima el acto de apagar la pantalla no como un gesto de pereza, sino como una declaración de autonomía crítica. El objetivo no es consumir pasivamente el canon, sino desarrollar un criterio para decidir qué obras merecen nuestro recurso más valioso: el tiempo y la atención.

    Así, mi confesión inicial deja de ser el epitafio de una experiencia fallida para convertirse en el prólogo de una indagación mucho más rica. El verdadero acto de comprensión no radica en forzar una epifanía que no llega, sino en tener el coraje de analizar las razones de su ausencia.

    A veces, la lección más profunda no está en la película, sino en el gesto de apagarla.

Share with