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  • La escisión del exégeta: narcóticos dominicales y la farsa del andamiaje académico

    La escisión del exégeta: narcóticos dominicales y la farsa del andamiaje académico

    La imagen se presenta nítida, desprovista de cualquier romanticismo maldito. El domingo, sus pupilas dilatadas frente a la textura rugosa de una pared blanca marcan el pulso de una disolución temporal en un mar de químicos sintéticos; es la evasión absoluta de cualquier responsabilidad afectiva o intelectual. El lunes, en cambio, emerge el saco de pana, el maletín, el café tibio en la sala de profesores y la voz impostada en el aula. Allí, frente a treinta adolescentes, el sujeto explica cómo la lectura crítica y la arqueología bíblica pueden salvarlos de la alienación dogmática. Cuando se habla a sí mismo en la oscuridad, murmura que el consumo dominical no lo define, que es apenas una válvula de escape. Pero lo hace. Lo define y, sin embargo, él se niega a hacerse cargo. No asume la responsabilidad de sus actos ni de su verdadera condición: la de un fraude sostenido por la inercia de un sistema que premia la apariencia de saber.

    Esta fractura biográfica no es un mero tropo literario; desde la óptica psicoanalítica, constituye una escisión del yo —lo que Sigmund Freud denominó Spaltung—, un mecanismo de defensa radical donde dos actitudes psíquicas coexisten sin tocarse, sosteniendo una arquitectura vital al borde del colapso. En El malestar en la cultura, Freud advierte que la intoxicación química es el amortiguador más crudo contra las exigencias de la civilización. El domingo frente a la pared blanca no es un accidente, sino una renuncia activa a la historia y a la filología. Leído desde la tradición judía, ese letargo sintético es un retorno al becerro de oro: la idolatría de la presencia inmediata, una fusión narcisista que no exige interpretación, ni lectura, ni espera. El químico es el ídolo mudo que silencia la angustia.

    Pero luego llega el lunes, y con él, el descenso del Sinaí. El docente se calza el traje de Moisés, erigiéndose como el portador de la Ley y del texto para intentar rescatar a sus alumnos del dogma. La sensación de impostura que lo carcome nace exactamente en la fricción entre estas dos placas tectónicas. Enseña arqueología bíblica, una disciplina que exige desenterrar capas, tolerar la frustración del fragmento y reconstruir pacientemente el sentido. Sin embargo, en su propia topografía íntima, opera como un saqueador de tumbas que dinamita el yacimiento cada fin de semana para no tener que lidiar con las ruinas de su propio deseo. Les exige a los jóvenes que apliquen el rigor analítico a los textos sagrados, pero él mismo se niega a encender el escáner sobre su propia vida, habitando un modo read-only —solo lectura— que le impide editar o reescribir su historia.

    El sistema educativo tradicional, con su verticalidad asfixiante, es el ecosistema perfecto para que esta farsa prospere. La escuela decimonónica premia la máscara del adulto infalible y exige que el profesor encarne al «sujeto supuesto saber», un faro inquebrantable de certezas. Lo obliga a impostar la voz porque no hay espacio para la vulnerabilidad en un aula concebida como un teatro de operaciones disciplinario. No obstante, los adolescentes que lo escuchan no son recipientes vacíos; son perfiles knowmads, nómadas del conocimiento que habitan un ecosistema digital donde la autenticidad es la única moneda de cambio válida. Si este docente aplicara verdaderamente una filosofía edupunk —esa que promueve el aprendizaje colaborativo y la destrucción de las jerarquías estériles—, el peso de tener que «salvar» a los alumnos desaparecería. Un facilitador de sentido no necesita ser un santo laico; solo necesita ser un guía honesto en el barro de la literacidad.

    La confesión que el sujeto articula en la penumbra, reconociéndose como un fraude, carece de redención mágica. Y es lógico que así sea. La redención es un concepto teológico que pertenece al mismo orden ilusorio que el consumo dominical. El psicoanálisis no ofrece absoluciones. Lo que sí exige es la integración. Hacerse cargo implica desarmar la disociación y reconocer que el hombre del saco de pana y el de las pupilas dilatadas habitan el mismo tell arqueológico. Solo cuando el docente baje del estrado y comience a leer su propio síntoma con la misma agudeza crítica que predica, esa pared blanca dejará de ser un refugio narcótico para convertirse en el lienzo donde, finalmente, asuma la autoría de su propia existencia.

  • Lo que la memoria no dice

    Lo que la memoria no dice

    El mandato es claro, casi brutal en su simplicidad: Zajor, «Recuerda». No se trata de una invitación a la nostalgia ni de un ejercicio académico de la historiografía, sino de una interpelación ética que funda una identidad en la continuidad de una herida. La tradición judía, a diferencia de la historia en su acepción moderna —esa disciplina que busca una objetividad a veces aséptica—, no pone el acento en el dato, sino en la huella mnémica, en la cicatriz que el pasado inscribe sobre el cuerpo colectivo. Recordar es, por tanto, un acto performativo; es revivir el Éxodo en cada Seder de Pésaj y sentir el filo de la amenaza de Amán en cada Purim. La memoria no es un archivo que se consulta, sino un músculo que se ejercita para no atrofiarse.

    Desde una perspectiva freudiana, sin embargo, todo acto de memoria es indisociable de su contracara: la represión. Una cultura, al igual que un individuo, construye su relato oficial a costa de silenciar aquello que resulta traumático, vergonzoso o simplemente inconveniente para la cohesión del grupo. El imperativo de recordar, entonces, funciona como una suerte de superyó cultural que nos dicta qué fragmentos del pasado son dignos de ser iluminados, dejando vastas zonas en una penumbra necesaria. Lo que una cultura elige recordar define su identidad manifiesta, pero es en aquello que elige olvidar —o que es forzada a olvidar— donde reside su inconsciente, el material reprimido que, tarde o temprano, pugnará por retornar.

    La paradoja alcanza su máxima tensión en la orden de aniquilar a Amalek, el enemigo arquetípico. El precepto bíblico es asombrosamente contradictorio: «Recuerda lo que te hizo Amalek […] borrarás la memoria de Amalek de debajo del cielo; no lo olvides» (Deuteronomio 25:17-19). Se nos comanda recordar activamente para poder olvidar, para ejecutar un borramiento definitivo. Es una memoria puesta al servicio de la pulsión de muerte, un recuerdo que no busca elaborar un trauma, sino justificar una aniquilación. Aquí, el olvido no es un fallo de la memoria, sino su objetivo último, su más oscura consumación.

    Así, el mandato de Zajor se revela no como un faro estable, sino como un campo de batalla. Cada generación hereda no solo un conjunto de relatos, sino también un conjunto de silencios. La tarea, entonces, no puede ser meramente la repetición del recuerdo canonizado, sino la valiente interrogación de sus bordes, el coraje de preguntar qué historias quedaron fuera del encuadre, qué olvidos fundacionales sostienen nuestras certezas más arraigadas. Porque la memoria que no se atreve a confrontar su propia sombra corre el riesgo de convertirse en un monumento hueco, en un ídolo que adoramos para no tener que escuchar lo que realmente tiene para decir.

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